¿Qué me dirías si los instragramer fuesen robots? ¿Qué pensaría un peón de campo al leer esa noticia? Te queremos decir que al parecer existen, y en Redacción Creativa, te lo contamos como un cuento.

Me desperté temprano. El viento que ingresaba por la ventana traía consigo el olor a tierra mojada. La lluvia estaba por caer sobre el techo de mi casa y los truenos reafirmaban mi teoría.

Me levanté de la cama y me fui directo a preparar el mate. Me encantan las mañanas lluviosas acompañadas por el sorbo amargo de un mate. Son la combinación perfecta.

Mientras desayunaba tranquilo, abrí mi celular. Un mensaje que emitió mi empleador temporal, me comunicó que debido a las fuertes lluvias estaba desligado de mi trabajo como recolector de tomates en el campo. Era obvio. Era el tercer día que hacía ese trabajo, sabía que no se podía realizar al aire libre cuando una tormenta eléctrica dispara rayos por doquier. Le contesté con un “buen día”, seguido de un “ok” y el emoticón del pulgar levantado.

Como hoy tendría el día libre, me relajé. Cebé otro mate y entré a Instagram. Empecé a ver el inicio. En las fotos, la gente me miraba fijo y sonreía: en grupos, individualmente, en una piscina, en un bar, con paisajes de fondos o en cualquier lugar imaginable. Las mujeres, generalmente, posaban como modelos de alguna marca de ropa. Configuraban rictus serios e incluso gesticulaban besos. También estaban quienes usaban filtros en blanco y negro, caritas de animales que sacan la lengua o anteojos. Encontraba de todo en esta red social. Pero estaba aburrido de ver siempre lo mismo.

Creo que recolectar tomates en el campo es más productivo que perder el tiempo mirando Instagram, aunque me exploten y me paguen miserias.

La megalomanía existente en una red social es más fuerte que siete millones de Friedrich Nietzsche escribiendo encerrados. Me cansó. Mientras cambiaba la yerba y calentaba un poco más de agua pensaba que muchos muestran, solo, la parte atractiva de sus vidas. Donde creen que son felices. Si bien, lo creen, también se convencen o los convencen.

Me acuerdo cuando salió Messenger. Me vino al pelo porque justo me había mudado de ciudad y era una manera de tener contacto con mis amigos desde lejos. Luego apareció Facebook, y en un parpadear de ojos, quitaron Messenger del joven mundo virtual dejando millones de usuarios desconcertados ¿No es extraño? No, porque también aparecieron los Smartphones. Con ellos no se necesitaba tener que ir a sentarse a un ciber y pagar por hora. Los mensajes de textos nos cambiaron la vida. Hablábamos a través de ellos, y hasta acortábamos palabras para ahorrar dinero, un “q” era un “qué”, una “x” era un “por”. Ahora ese nuevo idioma se usa en Twitter cuando no te alcanzan los caracteres para expresarte.

Una simple necesidad de comunicación se convirtió en algo imprescindible. Hasta el mensaje de texto era favorable. Pero, WhatsApp reclamó el título de pesos pesados y lo ganó noqueando a todos los que se interpusieron en su camino. Facebook pasaría a un segundo plano. La aparición de Instagram y luego Tik Tok marcaría a la generación joven que accedía por primera vez a un celular. Aunque yo no soy tan joven también tengo una cuenta. Pero, o estas adentro del sistema o estas adentro. Son las únicas dos opciones que nos da el mundo virtual. No hay opción.

El mate estaba perfecto, su efecto me despertó y aceleró mi metabolismo. Miré Instagram de nuevo y una noticia me sacudió las neuronas: “Robot virtual afirma haber sufrido acoso sexual en un taxi”. Pero, mi sorpresa alcanzó un nivel altísimo, cuando leí que ese robot virtual es una instagramer, que posee más seguidores que yo y que cualquier persona de mi ciudad. Sabía que había robots con armas, que caminan, que son mensajeros, que hacen lo que sea. Pero, ¿un robot que posa como modelo, qué hace entrevistas, que se pone maquillaje, que canta, baila y hace videos? Fue demasiado para mi entendimiento. Pensar que yo estaba en mi casa tomando mates porque un día lluvioso no me permitió ir a trabajar, mientras que, en otro lugar, una persona robótica que no es un ser vivo, a través de un video, acusa a un taxista de ser acosada sexualmente. Increíble.

Decidí investigar más sobre el androide. Total, no tenía nada que hacer. Pero, no encontré mucho. Alcancé a conocer que su nombre es Lil Miquela y que sus creadores se muestran reacios a la hora de revelar información. No pude determinar si es un robot de plástico, metal y circuitos o si es solo una imagen de computadora. Algo que pone en duda la noticia de ser acosada sexualmente. Sin embargo, el hecho de que borren el video llamado “Tengo tantas preguntas” donde comentó como si fuera una Youtuber acerca del supuesto suceso, me confirma que es solo una creación virtual y no física. Por lo tanto, ¿Por qué alguien crearía un hecho ficticio para denunciar algo tan serio como un acoso sexual? Solo atiné a responderme que la noticia de ese invento llegó a mí porque me pareció imposible la idea de que un robot sea acosado sexualmente y que sea capaz de responder a esa violencia. Así conocí a Lil Miquela y, por lo tanto, si fue una campaña de marketing, fue efectiva porque comencé a seguirla en Instagram.

La campaña de Marketing, si lo fue, fue la combinación perfecta de futuro y presente. De tecnología y manifestaciones en contra de la violencia a la mujer. Eso que veía en los canales de televisión argentinos de feministas reclamando el derecho a que no maten más mujeres por su condición de ser mujer se mezcló con ciencia ficción y me llevó a conocer a Lil Miquela. Una macabra jugada de marketing y cómo peón de campo, yo caí en ella. 

Seguí buscando información y encontré otra noticia en la que comentaban sobre la entrevista virtual que le hizo un periodista de la BBC a Lil Miquela. Ella se mostraba evasiva, como un político cuando le preguntan qué hizo mal en su gobierno. Sin embargo, lo que me hizo cranear fue cuando le preguntaron sobre cómo creó su identidad. Su respuesta fue excelente y me generó muchos disparadores. Le contestó que lo hizo igual que el periodista, como dando a entender que se construyó como cualquier ser vivo humano en la tierra. También agregó que aprende y que moldea el ambiente que la rodea. Esa fue la gota que rebalsó el vaso, para mí. Un robot o imagen, a la que nosotros le atribuimos la característica de ser humano, nos dice que moldea el ambiente de su alrededor. Es la mejor respuesta que pudo dar. Aunque no lo crean o comprendan, esas palabras tienen de trasfondo mucho más de lo que se cree. Simplemente se debe analizar el contexto. Si Lil Miquela es una creación humana, el único ambiente que puede moldear es el que sus creadores quieren moldear. Es decir, el objetivo que ella tiene, no existe, porque ella no existe.

El único fin que sí es real para ella es el de sus creadores y, ¿quién la creó? Al conocer su creador conoceríamos su verdadero fin. Pero, me puse a divagar. Me imaginé que una empresa estaba detrás de esta Instagramer ficticia. Por eso investigué.

Encontré que hizo de modelo para Calvin Klein y besó a una modelo real. También la vi en un video musical en que personas reales la llevaban a una fiesta, como invitándola al mundo real, al mundo de la gente de carne y hueso. La aceptaban con una simple imagen. Volviendo a lo que dijo en la entrevista. Cuando dice moldear el ambiente, es, en realidad, moldear la sociedad que no está acostumbrada a ver robots o seres humanos irreales en la vida cotidiana. Nos empezaron a mostrar a través de las plataformas virtuales personas no reales y cuando nos acostumbremos a ellos, a ver muchas Miquelas en las redes sociales, van a empezar a sacar robots físicos a las calles para que caminen por nuestras veredas o, en mi caso, me acompañen a juntar tomates al campo. El moldear el ambiente para crear la identidad de una persona virtual, es abrir el camino para que nosotros nos adaptemos a Miquela. Porque acuérdense que la construcción de una identidad depende, también, del otro y, en este caso, el otro somos todos los seres humanos de carne y huesos.

Me pregunto si cuando nos acostumbremos a ver muchos perfiles de Instagram de personas virtuales, ¿también nos vamos a adaptar a naturalizar y no cuestionar sobre sus características robóticas? ¿Vamos a generar una conexión afectiva y eso nos hará olvidar su real funcionamiento en la sociedad? Apuesto a que sí.

Pero les cuento otra cosa, en realidad, soy una persona que trabaja en el campo. En realidad, no tuve educación y de la noticia solo leí el titular, no investigué todo lo anterior porque creí que ese medio de comunicación me decía la verdad. Tampoco saqué conclusiones. Así que, lo único que sé, es que ahora existen los robots y que tienen la capacidad para denunciar a las personas de carne y hueso por acoso sexual. Y también sé que vivo en un país pobre y que la creación de esa tecnología no está al alcance de nuestras manos porque nos dedicamos a recolectar tomates de nuestras plantas para enviarlas, en cajones al exterior, para alimentar a los países desarrollados a cambio de sus productos o residuos industriales. Y todavía no nos envían esos robots. Solo los vemos de lejos, virtualmente, para adaptarnos, porque todavía no estamos preparados para aceptarlos.