Una crónica particular adaptada a la pandemia. El encierro de un hincha de Colón en un momento clave para el folclor santafesino. El empate firmado. 

9 de mayo, cinco días después de los festejos por el aniversario N° 116 del Club Atlético Colón. 18 horas del domingo. El clásico santafesino. Unión necesitaba ganar para entrar a los cuartos de final de la Copa de la Liga Profesional de Fútbol. Colón, primero en su zona, solo jugaba por el clásico.

En uno de los barrios populares de Santa Fe. Un joven adepto a los ritos religiosos futbolísticos y a sus cábalas, esperaba desde las 9 de la mañana del domingo a su equipo rojo y negro. Un hincha muy cabalero, hasta el extremo.

Durante toda la semana en la capital provincial solo se hablaba del clásico. La ciudad esperó expectante el horario del partido para poder organizar sus reuniones características. Un asado, un barril, fernet o vino, pero frente a una pantalla.

No era el caso de este joven de quién hablo. La reunión familiar dominguera era religiosa. Ni la resaca le impedía disfrutar de ella. Rechazó varias propuestas de sus amigos: “Vamos a Boulevard a festejar”, “Vamos a la costa a agitar”, “Nos juntamos en el bar”, “Tito tiene pack fútbol, lo podemos ver ahí”. El no rotundo de este sujeto era determinante por su cábala.

A las 17:40, antes que empezara el partido, esperaba silencioso frente al televisor. Era uno de esos hinchas que no festeja, de sangre fría, sombrío y silencioso. Un amor distinto hacia el deporte más popular.

No tenía pack fútbol. Su familia no podía costear ese servicio si quería seguir teniendo internet. Sin embargo, este pibe lograba conectarse, desde la red, desde la página Fútbol Libre. Su padre, con quien compartía dicho gusto por el equipo sabalero, también esperaba el inicio del partido frente al televisor.

A las 18:00 hace las conexiones necesarias y desde el Estadio Brigadier Estanislao López el árbitro sopla el silbato para dar inicio al partido.

Ambos, padre e hijos en la penumbra frente a la solitaria luz de la pantalla, silenciosos, observan el desarrollo del juego.

Los mates corrían. Este joven no compartía con su padre la bombilla debido a la posibilidad de contagio de Covid-19. Durante la semana se había reunido con varios amigos y las balas virósicas le estaban pasando tan cerca que debía tomar ciertos recaudos. Además, la segunda ola comenzaba a golpear duramente a la provincia. Por esa razón también había desistido a salir a festejar. Principalmente por el cuidado y el respeto a las órdenes gubernamentales y nacionales.

A los 39 minutos del primer tiempo del partido comienzan a escuchar festejos y algunas explosiones de fuegos artificiales. Se habían olvidado de cerrar la ventana. El ruido del exterior rebotó en los tímpanos tanto del padre como del hijo. Solo se miraron nerviosos y luego, con bronca, miraron la ventana abierta.

Cuando conectas el partido desde una página web, generalmente, existe un retardo de uno o dos minutos en la transmisión. Ellos lo sabían, por eso siempre veían los partidos aislándose del sonido exterior para no escuchar nada que les hiciera vaticinar el resultado del partido. El vitoreo era evidente. Alguien había convertido un gol. Solo faltaba saber si había sido Unión o Colón.

En el momento en que se sentían los ruidos externos, la pantalla mostraba la ejecución de un córner a favor de Colón. Estaban cerca del arco de Unión, podría ser el gol que tanto esperaban. Sus semblantes solo mostraban nerviosismo. El tiro de esquina se realiza, cae en el primer palo y es rechazado por un defensor de Unión.

En ese momento, las ilusiones del gol se esfumaron. En la mente helada del joven la imaginación le mostraba un contrataque rápido tatengue finalizado en gol de Unión y el resultado 1 a 0 a su favor. Toda una semana de cargadas de sus amigos y conocidos le corrían por las neuronas. Lo invadió la peor tragedia que podría vivir un hincha: perder un clásico. Toda una noche de festejos y bocinazos tatengues; cientos de fuegos artificiales retumbando en el oído mientras intentaría conciliar el sueño. Un sueño perdido. Horrible. Una pesadilla.

Sin embargo, en ese momento, el rechazo es devuelto al área chica, Delgado domina el balón y con el pie abierto dispara al arco.

La pelota atraviesa los tres palos y hace contacto con la red. Gol.

La expresión del festejo no llegó. La sorpresa por la alegría de un gol estaba extinta por los pensamientos negativos que los gritos y fuegos artificiales exteriores generaron.

Solo alcanzó a pensar en la ventana. Se levantó echando humo, caliente como brasa blanca cerró con furia la persiana y los vidrios. Su padre estaba atónito, seguramente había pasado por el mismo proceso que el hijo. Alcanzó a emitir un leve grito de gol y observó la furia del hijo descargada contra la ventana. Lo comprendió al instante.

 Una vez finalizada la acción. Sentado nuevamente en el sillón. Tranquilo. Comenzó a sonreír. Ganaba el clásico. Los pensamientos se convirtieron en positivo. Nadie lo iba a cargar durante la semana. Ninguna burla le llegaría al celular mediante memes. Salvado.

El primer tiempo terminó y la necesidad de calmar los nervios lo llevaron a la vereda de su casa. Una vez afuera, encendió un cigarrillo y pitó una profunda bocanada de humo.

En el barrio la gente empezaba a salir. Salían a hacer compras. Pibes jugaban a la pelota con la escasa luz que los faroles emitían y otros gritaban “dale Colón” con toda la inocencia de la voz de un niño. Una murga se escuchaba de fondo. No sabías si eran hinchas de Colón o de Unión.

Terminó el cigarrillo e ingresó. El segundo tiempo empezó.

El embate tatengue acorraló a Colón en su arco durante los primeros diez minutos del partido hasta que llegó un penal insólito cometido por Lucas Castro, ex San Lorenzo.

El disparo al centro del arco desde los doce pasos fue fuerte y furioso. No hubo posibilidad de que el arquero de Colón atajara el bombazo. Fue gol. 1 a 1.

Se firmó el empate. Unión quedó afuera de la copa y Colón competiría por cuartos frente a Talleres de Córdoba.

En Santa Fe las restricciones comienzan a las 20 horas. No es posible circular en autos particulares a menos que seas esencial para la salud. Si alguien hubiese conquistado el clásico santafesino cualquiera de las dos hinchadas hubiese festejado hasta la madrugada.

Por suerte, el empate ayudó tanto al problema de salud como al de seguridad. Aunque ocurrieron ciertos hechos aislados de tiroteos y muchedumbres reunidas sin barbijos.

Los vestigios se verán dentro de 14 días. Si actualmente el sistema de salud está colapsando, luego de esos festejos sin cuidados, el virus se debería propagar fácilmente.

Por suerte, este joven, gracias a su cábala religiosa, con ver el clásico solo en su casa no arriesgó su vida ni la de los demás.

Pero también se perdió la algarabía y el calor del folklor futbolístico.