Libre expresión o muerte de la privacidad por redes sociales. La velocidad de la información ¿no profundiza nuestro razonamiento? Lo bueno y lo malo: una cuestión de elección personal.

El miedo a perder la privacidad desaparece día a día ¿Cedió ante la necesidad de exhibición sin vergüenza ante un público desconocido? ¿Se esfumó el temor a la mirada prejuiciosa del otro?

En el medioambiente virtual y digital, la mirada del otro existe. Somos observados. El problema es que no sabemos quién lo hace, en qué momento o con qué intenciones –amigos, seguidores y empresas-.

No nos avergüenza mostrarnos naturales frente a las cámaras. Es fácil hacerlo cuando el desconocido no nos mira a los ojos o no lo tenemos frente a frente. Expresamos libremente nuestros actos más privados e íntimos sin pensar en la opinión de los demás.

La libre expresión que las redes sociales proporcionan posee un lado “negativo”. Es la cultura de la felicidad-virtual quien oculta lo nocivo a nuestros ojos. La luz azul “positiva” de las pantallas nos encandila. Nos convence, hipnotiza y esconde la ofuscación y la obnubilación que genera en el ser humano.

Nuestro razonamiento decrece en cuanto al pensamiento crítico. La profundización de nuestras ideas gana en superficialidad debido al entretenimiento veloz y breve de las redes sociales.

Para ser críticos requerimos una doble cosmovisión. Por ejemplo: en el cine, para visualizar correctamente una película en 3D necesitamos anteojos con dos colores -rojo y azul-. En la vida, para ser críticos de la realidad, los anteojos deben abarcar dos tipos de construcciones modeladoras, éticas: lo positivo y lo negativo -lo bueno y lo malo-. Este es un pensamiento binario. No es decisivo. No es el final de una teoría. La bidimensionalidad del pensamiento es el inicio del proceso.

Ver profundamente y críticamente, -correctamente el rojo y el azul-, en estos tiempos, es difícil. Nuestra capacidad de análisis se reduce si solo vemos entretenimiento: comedias, personas bailando, memes graciosos, entre otras producciones divertidas.

En las cuentas personales de los usuarios de redes sociales vemos solo la parte de sus vidas descriptas a través de imágenes perfectas. Intentan transmitir su felicidad. Se muestra lo ideal, la inexistencia de la imperfección y la búsqueda constante de la foto perfecta – ¿La búsqueda del ser humano es convertirse en un Dios? (qué es Dios: nosotros mismos pero elevados a la idea mental de perfección, creadora y justa)-.

Ver constantemente la parte iluminada de la luna nos imposibilita notar, imaginar o descubrir su parte oscura. Le tenemos miedo a la otra cara de la felicidad. Le tememos al sufrimiento. Nos atemoriza lo negativo. Queremos ver o ser Dios (lo de arriba, el cielo, lo positivo, la felicidad) y evitamos convertirnos en el diablo (lo de abajo, lo terrenal, lo negativo, el sufrimiento)- concepción católica del mundo-.

Esa manera de pensar recae en lo cotidiano y en sus prácticas. Incluso nuestra capacidad de análisis rápida, breve, pero superficial, modifica la forma en que interactuamos con las pequeñeces cotidianas. Queremos comprar lo bello o lo ideal tal como lo vimos en fotos. En pantallas de vidrio compuestas por miles de capas artificiales, desconocidas y complejas.

Encandilados por el brillo de la belleza, no vemos la cara oscura de la luna. No tenemos el otro lente del anteojo 3D y, por lo tanto, no podemos ver la película de la vida con nitidez. Percibimos una realidad difusa, tergiversada y peligrosa que construye el poder con nuestro permiso y aporte.

Observamos objetos en movimiento, ideas y datos borrosos sin argumentos sólidos que no alcanzamos a comprobar – ¿será por la impaciencia, la necesidad de velocidad o el ritmo vertiginoso de nuestras vidas? -.

Si viéramos lo positivo y lo negativo, al mismo tiempo, ¿podríamos tener una visión más completa de la realidad?

Lo negativo es lo indeseable, lo diferente, lo otro, lo que atemoriza, el horror, la depresión, lo inconsciente, la muerte. Enfrentarnos a esas negatividades mirándolas directamente al núcleo nos proporcionaría el lente faltante para ver nítida la película en 3D. Tendríamos constituida la visión bidimensional. No seríamos los hombres unidimensionales de Herbert Marcuse.

¿Quién decide que es lo positivo y lo negativo? ¿Cómo están construidas esas dos formas de posicionarnos frente a los sucesos, acciones y objetos que vemos? ¿Quién las construye? Todos: La industria cultural, los medios de información, los actos de los vecinos, la imagen de nuestros padres, etc.  

La forma de ser y de vivir de las personas se hereda, proviene de los padres, abuelos, vecinos, actores, personajes, etc. Se copian. Hay una larga cadena de conductas imitadas que provienen de los antepasados originarios. La constitución de la sociedad civil le agregó su impronta.

Sin embargo, todo nació de la naturaleza, el hombre aprendió y aprende de la naturaleza. Asimismo, la destruye, la usa y se la apropia. De allí provienen los binarismos: naturaleza-artificial, salvaje-culto, civilización-barbarie.

Apropiarse de la naturaleza conlleva destrucción y transformación. Como los europeos con los americanos nativos en la época de Cristóbal Colón que se adueñaron de ellos, los usaron como esclavos, los convirtieron al cristianismo y los mataron.

Lo negativo y lo positivo es construido por el ser humano, para sí mismo, para beneficio de algunos y perjuicio de otros. Nietzsche mató a Dios y destruyó esa construcción milenaria que replanteó qué es lo bueno y qué es lo malo.

En la actualidad la construcción de lo positivo y lo negativo es impuesta y autoimpuesta por el consumo diario cotidiano de la vida social (espacio fenomenológico) o digital social (espacio virtual). Si Dios es lo ideal, no hay que matarlo. Habría que verle la otra cara. De frente. A los ojos. Darle la vuelta y ver su parte negativa.  

Ver el total nos permitiría comprender que no existe la belleza sin la fealdad. Cuando vemos algo bello no existe lo feo, y viceversa. Ver el total significaría preguntarse por qué una mujer está bailando frente a una cámara para miles de personas desconocidas y, a su vez, plantearse uno mismo, por qué la miramos. Contemplar ambos puntos de vista, al mismo tiempo, es una tarea difícil. Requiere de un alto nivel de razonamiento que no muchos logran. Puede confundirse con empatía, pero no lo es, va más allá.

Lo llamaría autocritica, crítica al otro y al mundo que nos rodea. Por eso la perfección no debe ser solo binaria o bidimensional. Si nos dejamos puestos los lentes 3D no vemos la tercera parte: el mundo fenomenológico. Es la parte más complicada del proceso porque requiere la superación de las dos anteriores.