Breve nota de opinión reflexiva sobre los miedos que nos genera el Covid-19. En Argentina somos víctimas del miedo y el mismo usa diversas máscaras. El encierro no se debe solo a una pandemia.

Tenemos miedo. Estamos atrapados. Encerrados por un enemigo invisible. Sabemos que nadie sabe qué es y tampoco se puede ver. Para algunos no murió nadie cercano. No se enfermó de gravedad ningún vecino. Ni sabemos si son reales las cifras estadísticas que vomita diariamente la pantalla de mi televisor.

Está afuera. Entre nuestros amigos; en una reunión alegre; en la tos del que tengo al lado; en el mate que comparto en el trabajo; o en un producto que compro en el supermercado. Está en todos lados. Por eso también tenemos que lavarnos las manos. Con jabón. Porque no hay vacunas, pero el jabón, asombrosamente, mata al virus.

No es la primera vez que estamos encerrados. En ventanas y puertas hay rejas. Nuestras casas son jaulas, que te mantienen cómodos y seguros. Y esto desde que tenemos memoria. Desde que aprendimos que el enemigo estaba afuera.

A veces, ese enemigo se disfrazó de cuco, monstruo y otras veces de la Llorona. Después se vistió de militar, de genocida o de subversivo y mató a todo el que se cruzó por el camino. Ni hablar de los señoritos ingleses en Malvinas. Sin embargo, la democracia cansada de la dictadura, se impuso y trajo la paz. Logró destruir parcialmente al enemigo. Pero la calma austral se comenzó a agitar. En los noventa, comprendimos que la pobreza empezó a convertirse en el enemigo más temible junto con la continuidad del neoliberalismo. Aunque los saqueos le quitaron la ferocidad al nuevo terror: el hambre. Presidentes por aquí y por allá desfilaron por la casa rosada. No decidían quién era el más ladrón. Pasó un político tras otro político y se abrió la mayor grieta estúpida de la historia. Por un lado, Macristas y, por el otro, kirchneristas. Por esa grieta, miraba desde la tumba, el General Perón, y se cagaba de risa. Por último, llegó Alberto Fernández que todavía no pudo gobernar el país porque lo hace una pandemia llamada coronavirus en la que se coronó al virus y lo nombraron rey del nuevo terror.

Así es, este enemigo se disfraza, se viste, se transforma, mata y pelea. Adopta muchas variantes. Lo peor de esa metamorfosis constante es que ahora se llama virus. No sabemos de donde vino, por qué y para qué. ¿Un virus nace por azar o tiene una explicación lógica? No lo sé. No es momento de filosofar.

Ese nuevo enemigo nos mantiene encerrados diariamente. No podemos acercarnos a las personas. Tenemos que estar a más de un metro de distancia del otro y con la cara tapada. Las restricciones varían. En una semana no se puede circular desde las 21 horas hasta las 6 de la mañana. En otra desde las 20 hasta las 6. Solo los esenciales pueden vivir.

Las amenazas constantes de los medios de comunicación y el gobierno devastan a cualquier ser humano. Vivir en un constante encierro no es saludable. ¿Por qué solo están habilitados aquellos quienes el sistema le otorgó un trabajo decente? ¿Los derechos para quién son? ¿El artículo 14 de la constitución donde dice que se puede transitar por territorio argentino fue derogado por un virus invisible, desconocido y solo sustentado por el discurso de la ciencia?

No dudo de su existencia. Pero podría dudar de su origen y de cómo es manejado. No es necesario entrar dentro de teorías conspirativas, pero el ser humano requiere encontrarle sentido a estos temas. ¿Cómo puede ser que en otros países se viva tan libremente y en Argentina allá toque de queda?

Argentina vive con enemigos. Los ciudadanos somos víctimas de atrocidades políticas que parecieran nunca terminar. La inestabilidad económica te intenta expulsar. La inseguridad aumenta cada vez más. En la cordillera de los Andes hay oro, petróleo, agua dulce y litio, pero nadie sabe cómo extraer ni quiénes lo hacen (puede ser que sí). Tiene que venir un extranjero para que lo explote.

Esta tierra está devastada. No se puede vivir en paz, en armonía y tranquilidad. La sociedad se volvió más individualista cuando deberíamos estar unidos. No podemos. Somos denunciados por hacer fiestas clandestinas, por jugar un partido de fútbol o por ir al gimnasio.

Lo único claro es que el terror tiene múltiples caras y siempre habrá alguna nueva máscara esperando para asustarnos.