Era una mañana de primavera. El fuerte viento ingresó con ímpetu a través de la ventana del departamento y derribó el cuadro más próximo colgado en la pared frontal. El violento ruido que hizo al caer al piso fue la alarma que despertó a Julia. Ella se levantó asustada, tomó una zapatilla para usarla como arma y avanzó hacia el origen del sonido. Cuando llegó a la habitación contigua, encontró la ventana abierta, las cortinas danzando con el viento y vidrios rotos alrededor del retrato que había comprado para decorar su living-comedor. Se relajó. El error que cometió al olvidar cerrar las persianas, solo le había costado cien pesos, que, al fin y al cabo, era una parte mínima de su sueldo. Además, hace tiempo pensaba en reemplazarlo por otro que contenga frases positivas.


Miró el reloj en el celular y calculó cuánto tiempo faltaba para que sonara la alarma que le anunciaría la hora de ingreso al trabajo. Le faltaban solo treinta minutos libres. Los destinó a revisar su celular. Miró Facebook, Instagram, WhatsApp, Twitter y Snapchat. Al rato, comprobó nuevamente la hora. Rápidamente tuvo que salir corriendo a cambiarse y desayunar porque se le hizo tarde para ir al local de ropa donde trabaja como vendedora.


El viento continuó soplando con más furia. La lluvia comenzó a caer copiosamente con gotas gruesas cuando Julia llegó a su lugar de trabajo. No había nadie en las calles. La gente, generalmente, se queda durmiendo cuando llueve torrencialmente, por ende, ella sabía que tenía tiempo libre. La lluvia es un gran enemigo del consumo y del comercio, pensó. Por lo tanto, agarró el celular y comenzó a mirar las Redes Sociales. 

Las horas pasaron volando. Por suerte, su jefe no estuvo para supervisarla porque había salido a hacer diligencias. Cuando se dio cuenta de la cantidad de horas que pasaron, no había vendido ni una prenda. Pero le daba igual porque no era su local y trabajaba en negro.


Cuando cerró el negocio, salió con el paraguas en manos y atisbó algunos comercios abiertos o por cerrar. Entró a varios. En uno se compró una pintura de uñas que había visto en un comercial de televisión la noche anterior. En otro, un bikini que le vio a una instagramer con 24 mil seguidores. Más adelante, en el supermercado, adquirió las nuevas macitas con forma de mariposa que le recordaban a su infancia y que vio en una publicidad de YouTube cuando escuchaba cumbia romántica de Leo Mattioli. Además, aprovecho que en el local contiguo estaba el Rapipago vacío. Por lo tanto, pagó Spotify, Netflix y abonó la cuenta del celular que había aumentado porque le ofrecieron más datos de Internet a un precio promocional por un año.


Era fin de mes y su billetera estaba casi vacía. Por suerte no tenía que pagar más nada. Tampoco tenía dinero para ir a un bar, para salir bailar o divertirse con sus amigas. Sin embargo, tenía su televisor, maíz pisingallo para hacer pororó, e Internet para pasar el último fin de semana del mes sin gastar un peso ni adeudarse por pedir prestado. Además, el pronóstico anunciaba lluvias fuertes para el sábado y el domingo. El contexto climático le convenía.

  
Llegado el fin de semana y libre de trabajo, se dispuso a usar Netflix. Miró unas películas de Hollywood. En el primer film, vio que una de sus personajes favoritas usaba un IPhone que filmaba en HD. Deseó tener ese celular para tomarse fotografías más atractivas y publicarlas en Instagram. Después vio una escena en la que un grupo de adolescentes se divertía en una fiesta con una consola de videojuegos. Pensó que la necesitaría para organizar una reunión de despedida de año y entretenerse con sus amigas. También, vio una serie ambientada en los 80 y le gustó la ropa que usaban los personajes. Pensó en comprarse algo parecido la semana entrante. Además, observó que en una película se hacían licuados con una máquina en la que introducís la fruta entera y extraes el jugo 100 % natural y sin pulpa. La quiso porque la obligaría a comer alimentos saludables. En otra producción de Hollywood vio a su actriz preferida con un Bulldog francés que la acompañaba a todos lados. Decidió que con el próximo sueldo se compraría un perro de dicha raza para tener compañía. Pero, se arrepintió. En el siguiente cortometraje vio la historia de un gato y le cautivo la forma de ser del animal. Pensó en adquirir un siamés porque se adecuaba mejor al departamento. Sin embargo, cuando vio la última película en Internet, titulada “Como perros y gatos”, decidió comprar ambos animales. Pensó que podría entrenarlos para que no peleen y así reinara la paz en su pequeño hogar. Asimismo, tendría doble compañía como el actor de una película vieja que vio ese mismo día antes de dormirse.


La semana siguiente se compró todo lo que había visto y deseado a través de la pantalla. Aunque tuvo que sacar un préstamo mínimo y reducir gastos para poder pagarlo, nada la detuvo, estuvo decidida a ser más feliz y el consumo descontrolado era su medio más gratificante.Sin embargo, pasaron algunos meses y se dio cuenta que no podía mantener un perro y un gato como en la serie que había visto. Darle de comer era costoso y además requería mucho tiempo de atención. También dejó de hacerse licuados porque desperdiciaba toda la pulpa y necesitaba un kilo de cualquier fruta para hacer un vaso de jugo.  La ropa que se compró, al estilo de los 80, que estaba de moda, dejó de estarlo en menos de dos meses y la guardó en el ropero porque le comenzó a dar vergüenza usarla. Por otro lado, la consola de videojuegos, le gustó, pero se había aburrido porque solo tenía un juego y costaba caro comprar otro. Solo quedaba el IPhone, era la única compra que le servía y que no se arrepintió de hacer. Sin embargo, una noche de camino a un bar para encontrarse con sus amigas, una persona en moto con casco, sacó una pistola, y se lo pidió con agresividad. No le quedó más remedio que dárselo e irse llorando a su casa. Hizo la respectiva denuncia, pero la policía nunca lo encontró así que tuvo que comprarse otro móvil, mucho más barato, porque todavía estaba pagando el IPhone.


A la mañana siguiente se preguntó cómo haría para saldar sus deudas y no quebrar económicamente. Le pidió a su jefe que le aumentara el sueldo ya que tenía una amiga que estaba cobrando el doble por trabajar en blanco, pero el muy sorete, se lo negó. Además, le contestó que tenía una larga cola de personas esperando su puesto. Buscó otro trabajo, pero en todos lados le pagaban lo mismo y siempre era un contrato en negro. No le quedó otra alternativa que pedirle prestado un poco de dinero a sus padres para saldar sus deudas.


Pasó el tiempo y nunca más tuvo el dinero necesario para comprar cosas nuevas que satisfagan sus requerimientos personales de consumo. Ni siquiera en navidad pudo hacer regalos, y tampoco pudo irse de vacaciones por, mínimo, dos días. Así que empezó a vivir con lo que tenía, y decidió dejar de pagar Netflix, Spotify y el abono del celular. Además, cuando tenía tiempo libre, no miraba televisión, porque también dejó de pagar el cable e Internet. En consecuencia, buscó otras formas de entretenimiento. Comenzó a ir a la Biblioteca Pública a leer. Primero leyó cuentos breves, luego novelas y más tarde textos casi académicos. Su vocabulario aumentó. Aprendió palabras que no conocía y que ni sabía que existían. Eso le permitió poder describir situaciones de su vida y relatárselas a los demás detalladamente. Empezó a expresarse con tal elocuencia que ni siquiera ella sabía de dónde surgían las nuevas palabras que decía. Incluso, las buscaba en el diccionario para cerciorarse si significaban lo que creía. Además, la lectura le proporcionó la posibilidad de detenerse a pensar y formar una opinión sólida de la vida en general. Por lo tanto, entendió que el trabajo en negro era una forma de esclavismo del siglo XXI. Se sintió apenada, porque su jefe se estaba aprovechando de ella para beneficio propio y sin ninguna resistencia de su parte. Era solo un recurso humano, o sea, como madera, litio, agua u oro, pero de carne y huesos que servía de materia prima para el mercado. Era un número que aumentaba o disminuía en el libro contable de su jefe, según su autoestima, a la hora de vender ropa.


Al mismo tiempo, comprendió que comprar cosas para consumir sin necesidad, era otra forma de esclavitud. Una ingeniería creada por las multinacionales, a través de la publicidad, la psicología y el cine para que la gente adquiera elementos innecesarios como si fueran estereotipos de multimillonarios yanquis. Te crean necesidades para que vos no puedas vivir sin ellas. Pero, leyendo libros de historia, se dio cuenta que el ser humano vivió sin tantas posesiones y, sin embargo, logró sobrevivir a cualquier catástrofe. Además, entendió cuál era su lugar en el mundo y a qué clase social pertenecía. La conciencia de clase le permitió encontrar otras personas con las mismas necesidades y empezó a reunirse con ellas para luchar por las mismas causas.
Su nivel de tolerancia a los explotadores se redujo al mínimo gracias al conocimiento y eso le permitió exigirle a su empleador un aumento de sueldo a cambio de no denunciarlo por ser contratada en negro.

La echó.


Ella, conociendo las leyes porque las leyó, contrató un abogado para hacerle juicio y reclamar lo que le pertenecía. Cuando lo ganó, obtuvo tanta plata de la indemnización que inauguró un bar de cerveza artesanal en una zona muy concurrida de la ciudad. El local se llamó Leer con lúpulo y sus empleados no tuvieron los problemas que tuvo ella con respecto al trabajo en negro. Su ex jefe se fundió, quebró, cerró y vendió su negocio para pagar la indemnización. Todo encontró su equilibrio. Julia venció la forma de esclavitud del siglo XXI y aprendió a comprar solo lo necesario para subsistir. Estaba más satisfecha que niño con regalo de navidad.


Ahora Julia sigue leyendo, gana más dinero, tiene tiempo libre y estudia para ser contadora.