Se suicidó, pero en realidad no lo hizo. Hizo creer a sus amigos que había muerto por propia decisión para que ellos se acordarán de él y lo ayudarán con sus problemas. Fue un plan muy astuto, digno de una mente inteligente y retorcida. Una forma creativa y original de enfrentarse a sus problemas y de pedir ayuda a una sociedad antipática. Hacerse pasar por muerto, por suicida, por hombre agobiado por una depresión incomprensible para aquellos mortales que no conocen las nimiedades de la vida y para quienes no entienden su importancia.


Toda una preparación espantosamente perfecta. Medida a termómetro, regla y cronómetro. Quería demostrarle a su gente cercana que no tenía sentido seguir viviendo como lo hacía. Se podría decir que quería llamar la atención por primera vez. Necesitó que el mundo pensará en él. Que todos vieran y supieran lo que sufría.


Facundo era una persona tranquila. Un ser capaz de sacarle cien sonrisas a cualquier persona en un plazo de medio segundo. Siempre cargaba con una mueca picarona que anunciaba el descargue de alguna mala broma. Permanentemente estaba a disposición de los demás: era como un dispenser público esperando ser usado por cualquier persona con necesidades. Pero no contenía agua, tenía algo mucho más elaborado, como fernet, cerveza o vino. Sus amigos y conocidos se encargaban de consumir ese brebaje para satisfacer necesidades de felicidad suprema.


Quizá para una mente encendida, esa forma de ser, no pasaba inadvertida, pero la realidad era que su vida no le correspondía, se la entregaba a los demás porque a él no le servía. ¿Para qué aguantar 30 años así? Ni él lo sabía. Podrido por dentro pero floreciente por fuera, enriqueció a todo su alrededor durante tres décadas para que se sientan a gusto. No sólo cumplía los favores que concedía, sino que lo hacía de manera especial, poniendo el corazón, cuerpo y alma. A pesar de cualquier adversidad, a pesar del miedo que sentía, siempre fue fiel. Cualquier perro quedaba relegado al comparar la lealtad que Facundo otorgaba sin siquiera ser esclavo. Sin embargo, su vida no le pertenecía, era de todos.


En su infancia formó un carácter especial. Aceptaba cualquier pedido, por más incómodo o difícil que sea. Sus historias de peleas en bares que buscaban demostrar una postura de fiera salvaje, se desmoronaban con sus muestras de miedo e inseguridad al otro día. Pero siempre, en cualquier lucha, estaba presente para defender a un amigo, por más que la derrota estuviese vaticinada.


El principal hecho que forjó su carácter servicial fue un suceso que ni Jesús podría haber soportado con todo su poder: el suicidio de su madre cuando tenía 12 años. Pensaba constantemente en despedirse del mundo como lo había hecho ella. Creía que la podía alcanzar en su viaje al más allá. Sus propias palabras demostraron que fue lo más importante que tuvo en la vida: “nadie me quiso como mi mamá”, decía.
No se duda del amor innato de una madre por un hijo, pero tampoco del amor que él sentía por ella y que no supo dar a nadie más. ¿A dónde descargar todo ese amor que acumuló cuando lo dejó? Quizás la búsqueda de su madre en noviazgos solucionaba la cuestión, pero el fracaso de lograr esa utopía provocó el apocalipsis de todas sus relaciones. Esa fue la materia prima que desencadenó su depresión. Aunque él era inteligente, sabía que era depresivo y que el suicidio era su solución más convincente, pero interpretó ese acto final como una enfermedad y no quería padecerla. De su madre tomó la idea del suicidio y su parte rota hizo lo demás para llevar a cabo su muerte fingida.


El plan fue meticuloso. Compró una pastilla en la Deep Web que interrumpía la respiración, los latidos del corazón y toda señal de vida durante 24 horas. Luego, sin más ni menos, se pintó el cuerpo morado, resaltó las venas de su cabeza con maquillaje, se ató un cable al cuello, se tomó la pastilla y con su boca fingió una mueca sonriente. Ni la policía, ni los médicos pudieron darse cuenta. Hasta evadió la autopsia con algún tipo de artimaña. En el féretro, con la palidez de un cadáver, el hedor característico y una sonrisa vivificada en el rostro, dieron por concluida su vida en el mundo. Era extraño para las personas ver una sonrisa en el rostro de un muerto, pero habían supuesto que murió feliz. Sin embargo, no fue así.


Familiares, amigos y conocidos, todos con lágrimas en los ojos, todos engañados, hicieron el ritual característico hasta las puertas del cementerio. Hasta utilizó a su hermano, quien leyó la carta que había escrito para despedirse del mundo. La siguiente decía: “Sufrí mucho, solo pido un favor y una última voluntad: quiero que en las próximas horas hagan una fila y uno por uno exprese lo que sintieron por mí, quiero que digan qué podrían haber hecho para ayudarme y quiero que expresen cuánto me querían”. Así fue, todos cumplieron con su pedido, sin excepciones. Entre lágrimas, llantos y gritos se fueron desinflando las almas para dedicarle palabras hermosas. Luego de tres horas, el entierro terminó y cerraron la tumba con material de construcción. El nombre y apellido, más la fecha de defunción fueron escritas con una tapita de lapicera en el cemento fresco. Cada uno dio su último adiós tras una jornada sentimentalmente angustiante y cargada de lágrimas. Finalmente, todos regresaron a sus casas para continuar con el duelo doloroso en soledad.


Al día siguiente, las personas que fueron al funeral recibieron una carta que anunciaba la lectura de otra misiva que Facundo había escrito antes de su supuesta determinación fatal. En la misma, decía que estaban invitados a la lectura de su testamento.


El lugar citado estaba compuesto por un escenario y butacas, era una especie de mini teatro. Muchos asistieron. La gente esperaba impaciente que comenzarán a leer el texto porque generaba curiosidad saber qué podrían recibir. El momento llegó, las luces se apagaron, y la multitud quedó a oscuras. Al cabo de dos cortos minutos de negrura, la luz volvió y en el escenario apareció Facundo, vestido de esmoquin negro, detrás de un atril con micrófono. La gente confundida, entre lágrimas y alegría lo miró con sorpresa. Facundo con una voz firme y decidida, comenzó a hablar:


—Sí, me hice pasar por muerto. Fingí el peor desenlace imaginable para un ser humano. Realmente me siento satisfecho por el acto que llevé a cabo porque lo que dijeron durante esas horas de mí, en el funeral, fue hermoso. Fue lo que quise escuchar desde siempre en mi vida. Quiero explicarles que había colocado una cámara en el cajón para poder registrar cada detalle de sus discursos y ahora los voy a reproducir en esta pantalla gigante — Facundo apretó un botón, apareció un telón y la imagen emitida desde un proyector dio inicio al video.  


La grabación fue un éxito total. Todos en el recinto lloraron y se consternaron por las palabras tiernas que pronunciaron. Pero el plan de Facundo no terminó, ya que comenzó a hablar de nuevo, y dijo: 


—Cuando muere alguien te planteas por qué no le dije esto o lo otro a esa persona. Te preguntas cuándo fue el último día que lo vi o qué fue lo último que le dije. También te pones a recordar viejas conversaciones o anécdotas. Incluso, algunos se echan la culpa de no haber hecho algo al respecto. Otros se cuestionan por qué le negaron algo, alguna vez. O se dan cuenta tarde, que indirectamente, siempre le pidieron algo que no supieron dar. Por ese motivo planifiqué simular mi muerte. Les doy esta oportunidad para que puedan decirme lo que tienen guardado en lo más profundo de sus almas, para que me ayuden en lo que necesito y me guíen en la vida, porque pienso constantemente en el suicidio y creo que eso no es saludable — fueron palabras que promulgó con seriedad y sabiduría. Evidentemente, era un discurso que pensaba diariamente desde su infancia, desde el día en que su madre se había suicidado. 


La gente completamente comprensiva comenzó a levantarse y abrazarlo. También empezaron a ofrecerle cosas, no sólo materiales, sino todo lo que a un muerto le querés dar si estuviera vivo.
Y así fue que Facundo pudo resolver su depresión y continuar con su vida. Todos le devolvieron de algún modo lo que él les regalaba desinteresadamente: felicidad. Y así pudo vivir hasta la vejez sin deprimirse, formando una familia, teniendo hijos, yendo de vacaciones y siempre rodeado de amistades.  



Ahora que terminaron de leer el relato que escribió Facundo y que leyó su hermano en el mini teatro como su testamento. Hubiese sido grato que el plan hubiese sido real. Facundo se suicidó, no se aplicó maquillaje ni tomó una pastilla que cortó sus signos vitales por un lapso de tiempo. Se ahorcó, se ató un cable al cuello y se quedó sin aire dejando la vida con una sonrisa en el rostro. La sonrisa siempre estuvo porque sabía que la muerte lo iba a llevar al mismo lugar donde estaba su madre y este relato hallado en el escritorio de su habitación junto al cadáver fue una lección de vida que le regaló a sus conocidos para que aprendan a ser más expresivos y serviciales con sus seres queridos. Para que no les pase a ellos, lo que le sucedió a él con respecto a su madre. Se suicidó en su ley, siendo servicial, dejando una enseñanza a los demás.
Hubiese sido mejor que pudieran despedirlo y ayudarlo para que no se suicidara. Darle todo el amor que se merecía preguntándole una y otra vez lo que necesitaba. Hubiese sido lindo que los engañe con un plan como en el relato y que, en realidad, sí, halla fingido su muerte.


Pero está muerto, nadie lo pudo ayudar. Fue su decisión, solo queda respetarla.