Vivía solo. Su departamento era una miseria. Las paredes deterioradas y sin pintar, exponían los ladrillos agrietados. Era un monoambiente sucio con mucha humedad y poca ventilación. La carenciada construcción se encontraba al final de un largo pasillo que desembocaba en una calle de tierra de un barrio pobre llamado Transporte.


Nunca finalizó la secundaria porque sus compañeros le hacían bullying. Sus padres habían muerto y no le dejaron ninguna herencia. Solo deudas. No tenía familiares y tampoco amigos presentes.


Buscaba trabajo, pero no se le presentaba ninguno. Estaba desempleado hace más de un mes y no le alcanzaba para pagar el alquiler. La rutina del improductivo se había apoderado de él. Se despertaba tarde, miraba televisión, comía, leía, caminaba por la plaza, volvía a mirar televisión y se dormía.


La soledad era otro factor que afectaba a su autoestima. Siempre estaba sin compañía. Buscaba cualquier excusa para relacionarse socialmente. Estaba tan solo que no veía la hora de que llegara el cartero con los impuestos para hablar con alguien, pero después se arrepentía porque tenía que pagar en el Rapipago más cercano. Hasta quería ser víctima de un robo para tener contacto con alguna persona. El único que le hablaba era el espejo roto que tenía colgado en la pared que, incluso, a veces, no le contestaba. Estaba triste, aburrido y enojado con la vida que le tocó.


Una mañana le sonó el celular y le ofrecieron una changa, un laburo de una sola vez. Lo aceptó sin miramientos. Cuando cortó la llamada, su cara de felicidad era absoluta. Al día siguiente saldría de su casa y sería productivo, pensó. Era la mejor sensación que podría sentir después de un mes de soledad.  


Fue al almacén, compró un paquete de fideos, almorzó y durmió una breve siesta. Se despertó con un mensaje de texto de un amigo que lo invitó a ir a la playa. Le había sobrado unas latas de cerveza y quería compartirlas. También aceptó. Esas oportunidades no son fáciles de rechazar, especialmente cuando tu última cerveza fue en la adolescencia. La cerveza era un lujo que no se podía permitir si quería comer diariamente, por eso aceptó la propuesta con vehemencia. 


En la playa, a orillas de la Laguna Setúbal, estaban sentados mirando el fluir del agua. Tomaban cerveza y hablaban de la vida. Se fumaron un porro que el amigo armó y empezaron a divagar mentalmente. Pasaron el día relajados y divertidos.


Sin embargo, las latas se estaban por terminar y parecía que la tarde llegaba a su fin. La tristeza de la soledad le comenzó a picar de nuevo. Contrarrestó la amargura pensando que al otro día tenía trabajo y que el dinero que ganaría le permitiría subsistir otro mes. Todavía era motivo de festejo para él. 


Cuando se levantaron para volver a sus casas, el sonido cercano de una lancha los detuvo. Dos mujeres en bikini amarraron, bajaron y les pidieron auxilio. Se habían quedado sin nafta y necesitaban regresar al Náutico Sur, una especie de puerto para la élite que se divierte yendo a navegar. Como no podían dejar la embarcación sola, las ayudaron. 


Compraron el combustible y llenaron el tanque. Las chicas agradecidas, le ofrecieron un paseo. Ellos aceptaron y se fueron a pasear por el río con el crepúsculo como horizonte.


Las mujeres les preguntaron si querían ir a una fiesta privada en una isla, donde solo podías acceder con embarcaciones. Su amigo aceptó rotundamente. Él se permitió dudar un poco porque mañana debía levantarse temprano para ir a trabajar y realmente necesitaba el dinero. Sin embargo, hace mucho tiempo que quería distenderse y socializar con personas. Así que decidió ir.


Más tarde, llegaron al lugar de destino. Una isla oscura atestada de gente elitista que, en la orilla,  se movía al ritmo de la música electrónica y la cerveza. Chapoteaban en el agua y se recostaban en la arena a la luz de una gran hoguera y luces conectadas a los barcos amarrados. 


La noche se hizo larga pero placentera. Tuvo sexo entre las chilcas con una de las mujeres a las que ayudó y le pidió el número de teléfono. Al otro día la llamaría para tener una cita.Cuando llegó a su casa, a horas de la madrugada, lo único que quería hacer era dormir. Solo le quedaban cuatro horas de sueño y necesitaba estar lúcido al otro día. No podía creer que le sucedieran tantas cosas interesantes el mismo día en que se debía levantar temprano. Hace un mes que su vida era monótona, sin acción y sin diversión. El único día que no tenía libre, había participado de una fiesta, había tenido relaciones sexuales y había conseguido el número de teléfono para juntarse con una persona que, al parecer, le gustaba. Se preguntó ¿Por qué no me sucedió esto ayer o cualquier día del mes? ¡¿Justo hoy?!


Una vez en su cama, abrió el celular para poner la alarma. Vio que tenía 200 mensajes sin leer, 20 llamadas, notificaciones en Instagram, Facebook, Twitter y hasta en Tinder. La gente le había hablado para pedirle favores, invitarlo a lugares o hacer cualquier actividad. Sin embargo, le restaban solo cuatro horas de sueño para ir a trabajar. Estaba estupefacto. Le pareció irreal todo lo que le sucedía. Leyó cada uno de los mensajes y el tiempo pasó tan rápido que no percibió que estaba amaneciendo.

Se hizo de día y sonó la alarma. Él seguía leyendo. No tuvo tiempo de contestar ningún mensaje, pero se cambió, desayunó y se fue a trabajar.


En el trabajo, cansado por pasar la noche desvelado, se durmió. Lo echaron sin paga y tuvo que volver a su casa para recostarse.


Mas tarde, después de dormir ocho horas seguidas y apenado por el despido, se puso a contestar los mensajes, devolvió las llamadas y revisó las notificaciones de las redes sociales. Todos le respondieron con excusas: los eventos se suspendieron y en las actividades no era bienvenido. Ninguna interacción virtual que había leído la noche anterior siguió en pie. Incluso llamó a la chica de la lancha, pero, también le canceló el encuentro.  


Nuevamente se encontró sentado en su sillón sin empleo, sin poder llegar a fin de mes, angustiado y con su monótona vida de desocupado.